El extraño empeño de matar al coche eléctrico cada poco tiempo


La realidad de los datos del mercado y el relato de algunos analistas parecen viajar por carreteras diferentes
Cada cierto tiempo reaparece el mismo titular: el coche eléctrico ha fracasado, la burbuja se ha pinchado y el motor de combustión ha ganado la batalla. Sin embargo, los datos de ventas, la evolución tecnológica de las baterías y las inversiones de la industria automovilística cuentan una historia muy diferente. En este artículo analizamos por qué algunos siguen empeñados en decretar la muerte del coche eléctrico, qué hay de cierto en sus argumentos y por qué la realidad del mercado parece ir en una dirección muy distinta.
La burbuja que lleva quince años pinchándose
Hay pocas tecnologías que hayan sido declaradas muertas tantas veces como el coche eléctrico. Desde que los primeros Nissan Leaf y Tesla Model S empezaron a popularizarse, una parte del sector lleva anunciando su fracaso inminente. Primero porque las baterías eran demasiado caras. Después porque la autonomía era insuficiente. Más tarde porque no había cargadores. Luego porque la electricidad subía de precio. Ahora porque las ventas crecen menos deprisa que hace unos años.
Lo curioso es que, mientras se suceden esos anuncios funerarios, la realidad sigue empeñándose en llevar la contraria. En 2025 se vendieron más coches eléctricos que nunca en el mundo. En 2026 los fabricantes continúan presentando nuevos modelos. Las baterías son más eficientes, más duraderas y más baratas que hace una década. Y países como China, Noruega o los Países Bajos demuestran que la electrificación no es una teoría de laboratorio, sino una realidad cotidiana para millones de conductores.


Quizás el error esté en la propia palabra "burbuja". Una burbuja explota cuando desaparece la demanda y el mercado se derrumba. Pero eso no es lo que estamos viendo. Lo que observamos es algo mucho más normal: una tecnología que ha dejado atrás el entusiasmo inicial y ha entrado en una fase de madurez. Ya no crece a ritmos espectaculares porque ningún mercado puede hacerlo eternamente. Sin embargo, sigue creciendo.
La diferencia parece sutil, pero es fundamental. Porque una cosa es que el coche eléctrico no haya conquistado el mundo al ritmo que algunos políticos y fabricantes imaginaron hace unos años. Y otra muy distinta es afirmar que está fracasando. Entre ambas afirmaciones existe exactamente la misma distancia que entre una desaceleración y un accidente. Y demasiadas veces se intenta presentar la primera como si fuera la segunda.
Cuando una desaceleración se convierte en un titular apocalíptico
Existe una diferencia enorme entre que una tecnología crezca más despacio y que una tecnología fracase. Sin embargo, en el debate sobre el coche eléctrico ambas situaciones suelen presentarse como si fueran exactamente lo mismo.
Durante años, las ventas de vehículos eléctricos crecieron a ritmos extraordinarios. Era lógico. Partían de una cuota de mercado muy pequeña y cualquier avance suponía incrementos porcentuales espectaculares. Pero ningún mercado mantiene indefinidamente crecimientos del 50%, del 60% o del 80% anual. Ni los teléfonos móviles, ni internet, ni las energías renovables lo hicieron.
Lo normal, cuando una tecnología empieza a consolidarse, es que esos porcentajes se moderen. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo. El coche eléctrico sigue ganando cuota de mercado, pero ya no lo hace a la velocidad vertiginosa de sus primeros años. Lo sorprendente no es que suceda. Lo sorprendente es que algunos interpreten esa evolución como una prueba de fracaso.
Es una trampa narrativa muy eficaz. Si una marca vende un 20% más de eléctricos que el año anterior, pero el crecimiento esperado era del 30%, el titular deja de ser “las ventas aumentan” para convertirse en “las ventas decepcionan”. El dato es el mismo. Lo que cambia es la forma de contarlo.
Y esa diferencia importa. Porque el lector o el espectador acaba recibiendo una sensación completamente distinta de la realidad. Una desaceleración razonable se transforma en una crisis. Una revisión de previsiones se convierte en una marcha atrás. Y una transición tecnológica compleja pasa a interpretarse como un supuesto hundimiento.
Quizás por eso llevamos años escuchando que el coche eléctrico está a punto de colapsar mientras los fabricantes siguen invirtiendo miles de millones en nuevas plataformas, nuevas baterías y nuevas fábricas. Si realmente estuvieran convencidos de que el futuro es exclusivamente térmico, estarían haciendo exactamente lo contrario.
La industria puede equivocarse muchas veces. Pero rara vez apuesta semejantes cantidades de dinero por una tecnología que considera muerta.
El problema no es el coche eléctrico, sino las expectativas que se crearon
Buena parte de la frustración que rodea hoy al coche eléctrico no nace de la tecnología, sino de las expectativas que algunos políticos, fabricantes y analistas generaron alrededor de ella.
Durante años se transmitió la idea de que la transición sería rápida, sencilla y prácticamente inevitable. Que en muy poco tiempo todos los conductores cambiarían sus coches de combustión por modelos eléctricos y que las diferencias de precio desaparecerían casi por arte de magia. La realidad, como suele ocurrir, ha resultado bastante más compleja.
La electrificación exige inversiones gigantescas, cambios industriales profundos y una adaptación progresiva de las infraestructuras. También requiere tiempo para que los precios bajen, para que el mercado de ocasión madure y para que las redes de recarga alcancen la capilaridad que muchos usuarios demandan. Nada de eso sucede de un día para otro.


Sin embargo, algunos de los mismos que hace unos años hablaban de una revolución inmediata utilizan ahora cualquier retraso o cualquier dificultad como prueba de que todo el proyecto ha fracasado. Es una conclusión tan precipitada como la que defendían quienes aseguraban que en 2025 ya no se venderían coches de gasolina en Europa.
La historia de la automoción está llena de procesos de adopción tecnológica mucho más lentos de lo que inicialmente se pensaba. Ocurrió con los motores diésel modernos, con los sistemas híbridos, con la inyección electrónica, con los asistentes de conducción e incluso con elementos que hoy consideramos imprescindibles, como el ABS o el control de estabilidad.
La diferencia es que ninguna de aquellas tecnologías se convirtió en un campo de batalla ideológico. El coche eléctrico sí lo ha hecho. Y cuando una tecnología deja de analizarse desde los datos para empezar a analizarse desde las trincheras, cualquier noticia acaba interpretándose como una victoria o una derrota.
Quizás por eso algunos siguen empeñados en demostrar que el coche eléctrico ha fracasado. No porque los datos lo indiquen, sino porque reconocer que la transición continúa avanzando, aunque sea más despacio de lo esperado, resulta mucho menos espectacular que anunciar su muerte por enésima vez.
El coche eléctrico se ha convertido en una cuestión ideológica
Hay algo especialmente llamativo en el debate sobre la movilidad eléctrica. Muy pocas tecnologías generan reacciones tan viscerales. Nadie se enfada porque un vecino cambie una caldera de gas por una bomba de calor. Nadie discute apasionadamente sobre la sustitución de las bombillas halógenas por iluminación LED. Sin embargo, basta mencionar un coche eléctrico para que aparezcan defensores y detractores dispuestos a librar una batalla dialéctica interminable.
Parte del problema es que el coche nunca ha sido simplemente un medio de transporte. Durante más de un siglo ha representado libertad, estatus, pasión, cultura industrial e incluso identidad personal. Para muchos aficionados, el sonido de un motor, el cambio de marchas o el olor de la gasolina forman parte de una experiencia emocional difícilmente sustituible.
Eso es perfectamente legítimo. El problema aparece cuando esa preferencia personal intenta convertirse en una verdad universal. Cuando alguien pasa de decir "a mí me gusta más un coche de combustión" a afirmar que el coche eléctrico no tiene futuro. Son dos afirmaciones completamente distintas.
La historia demuestra que la evolución tecnológica rara vez elimina por completo aquello que sustituye. La fotografía digital no acabó con todos los carretes. El streaming no hizo desaparecer los discos de vinilo. Los relojes inteligentes no expulsaron del mercado a la relojería tradicional. Simplemente cambiaron el equilibrio.
Algo parecido podría ocurrir con la automoción. Es probable que durante décadas sigan coexistiendo distintas tecnologías adaptadas a diferentes necesidades. Pero aceptar esa convivencia exige abandonar una visión excesivamente emocional del debate.
Porque cuando la conversación gira exclusivamente alrededor de lo que sentimos y deja de apoyarse en los datos, cualquier noticia se interpreta como una victoria o una derrota. Y quizá por eso algunos llevan años celebrando una supuesta muerte del coche eléctrico que, curiosamente, nunca termina de producirse.
Quizás el futuro no sea exactamente como imaginábamos
Durante años se nos presentó el futuro de la automoción como una elección entre dos extremos. O todo sería eléctrico o nada lo sería. O desaparecerían los motores de combustión o el coche eléctrico acabaría demostrando ser un fracaso.
La realidad, una vez más, parece mucho más compleja que cualquiera de esos dos relatos.
La electrificación avanza, pero no al ritmo que algunos gobiernos y fabricantes proyectaron hace unos años. Los motores térmicos siguen teniendo sentido para determinados usos. Los híbridos continúan ganando cuota de mercado. Los combustibles sintéticos buscan su espacio en sectores muy concretos. Y las baterías mejoran generación tras generación sin haber alcanzado todavía su madurez definitiva.
Nada de eso significa que la transición haya fracasado. Significa simplemente que las revoluciones tecnológicas rara vez siguen el calendario previsto por los políticos, los analistas o los departamentos de marketing.
Quizás el verdadero error haya sido pensar que una transformación industrial de semejante magnitud podía completarse en apenas una década. La historia demuestra justo lo contrario. Los grandes cambios tecnológicos suelen ser más lentos de lo que prometen sus defensores y más rápidos de lo que esperan sus detractores.
Por eso resulta tan arriesgado anunciar hoy la muerte del coche eléctrico. No porque vaya a convertirse en la única solución para todos los conductores, sino porque ya forma parte de la realidad del mercado. Millones de personas lo utilizan cada día, los fabricantes continúan invirtiendo miles de millones en su desarrollo y la tecnología sigue avanzando.
Tal vez el futuro no sea exactamente como nos lo contaron hace unos años. Pero tampoco se parece demasiado al que algunos siguen intentando vendernos hoy.
La realidad del momento
Quizás dentro de unos años descubramos que quienes anunciaban una electrificación inmediata eran demasiado optimistas. Y que quienes siguen anunciando el fracaso del coche eléctrico eran demasiado pesimistas. No sería la primera vez que la realidad termina situándose en algún punto intermedio.
Lo que sí parece evidente es que el coche eléctrico ya ha superado la fase en la que debía demostrar si era una alternativa viable. Lo es. Millones de conductores lo utilizan cada día, las ventas continúan creciendo a escala global y la industria sigue apostando por él con inversiones difíciles de imaginar hace apenas una década.
Eso no significa que vaya a sustituir mañana a todas las demás tecnologías. Tampoco significa que carezca de problemas o limitaciones. Significa, simplemente, que ha dejado de ser una promesa para convertirse en una parte cada vez más importante del presente.
Por eso resulta tan llamativo que algunos sigan empeñados en certificar su defunción cada pocos meses. Porque mientras unos escriben su esquela por enésima vez, otros siguen desarrollando baterías, instalando cargadores, fabricando vehículos y recorriendo millones de kilómetros en silencio.
Y quizá esa sea la mayor ironía de todas: que la supuesta muerte del coche eléctrico se haya convertido en una noticia mucho más repetida que el propio fracaso que intenta demostrar.
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